La “nueva escuela” en la pandemia

“O inventamos o erramos”
Simón Rodríguez

¿Habrá llegado el momento de pensar seriamente en un formato de escuela pública perdurable que sea además “dual” respecto de la presencialidad y el distanciamiento? 

¿Será realmente posible, aún cuando contemos con la vacuna, volver al mismo formato de escuela que conocimos hasta antes de esta terrible pandemia que mantiene al mundo en vilo y que no le da tregua? Además, si fuera posible, ¿sería lo deseable? ¿No deberíamos estar mejor preparados para situaciones que pudieran repetirse en el futuro?

¿Y cómo imaginamos esa escuela que se hace necesaria para estos tiempos, en los que aún no se puede resolver la crisis sanitaria que atravesamos?

De un tiempo de excepcionalidad a un tiempo de incertidumbre

Cuando el COVID 19 se transformó en pandemia, esparciéndose bastante rápidamente desde Asia a Europa y, luego a América Latina, India, Rusia… todos pensábamos que estábamos enfrentando un tiempo que tendría características excepcionales pero que duraría dos o tres meses a lo sumo. En ese período, era claramente recomendable suspender las clases y hacer coincidir estos tiempos con períodos de receso escolar. En el hemisferio sur, con recesos de invierno y en el norte, con cambios de año lectivo. Aunque esta suspensión afectaría los planes originales, no se creía que iba a tener consecuencias demasiado profundas.

La pandemia, sin embargo, no sólo se instaló entre nosotros sino que viene presentando características que tiene desconcertada a la misma comunidad científica. Después de casi 8 meses, cuando por una parte se avizora no tan lejanamente la posibilidad de contar con varias vacunas, en realidad aún no sabemos con certeza ni siquiera si los que se han curado, generan los anticuerpos para no volverse a enfermar ni cuánto duran, en caso de haberlos generado.

Aquel período más o menos breve que inicialmente imaginamos con cuarentenas, aislamientos y clases presenciales suspendidas, se está prolongando y no tenemos ninguna claridad sobre su extensión. El futuro, en muchos aspectos, y también en el pedagógico, puede ser definido como un tiempo de incertidumbre

Esto comenzó a impactar fuertemente sobre nuestro sistema educativo. 

La excepcionalidad permitía ser ciertamente comprensivo sobre muchas cuestiones vinculadas a las posibilidades reales de enseñar, aprender y convivir en esa institución que muchos comenzaron a re-descubrir, re-significar y re-valorar: La escuela 

Ya hemos escrito durante estos meses sobre los debates que se produjeron alrededor de qué era lo que había que enseñar, cómo hacerlo, qué había que evaluar del proceso educativo y cómo podrían les estudiantes promocionar sus atribuladas trayectorias. 

Mayoritariamente, el sistema educativo anunció que iba a priorizar el sostenimiento de los contactos de les estudiantes con la escuela e iba a procurar que los mismos tuvieran en lo posible carácter de “vinculos pedagógicos”. Pero a su vez, reconocía que lo central era no perder la relación con les estudiantes. 

El resultado tuvo aristas dispares.

Por una parte, se valoró y reconoció una gran capacidad en una estructura tan grande como el Sistema Educativo, para generar modelos de funcionamiento totalmente desconocidos hasta el momento. Esto le permitió continuar el contacto con un porcentaje mayoritario de estudiantes. Según como se cuente, el 90%, el 70%  o el 50% del total de los inscriptos al empezar el año. De cualquier manera, miles  y miles de estudiantes, no pudieron mantener el vínculo deseado, algunos parcialmente y otros absolutamente. 

Algo similar sucedió con les docentes. La mayoría pudo encontrar vías de contacto con sus estudiantes, pero no todes. Han habido docentes que, por distintos motivos, también “desertaron” de sus responsabilidades o las cumplieron sin motivación ni resultado alguno.

Sin embargo, más allá de todos estos casos, lo realizado mayoritariamente en consideración de una situación excepcional, es valioso, destacable y positivo.

Pero, ahora nos hacemos esta pregunta: Si este tiempo se prolonga y la mayoría de les estudiantes no podrá volver a la presencialidad tal como la conocíamos, en lo que resta de este año, casi seguro, y, quién sabe, durante buena parte del próximo ciclo lectivo… ¿cómo nos preparamos para responder a esta situación de miles y miles de estudiantes de nuestro país?

En el período que en Argentina denominamos ASPO (Aislamiento Social Preventivo Obligatorio), las distintas escuelas respondieron dando una propuesta educativa cada una a su manera y con el formato y metodología que pudo o quiso.  ¿Es este el modelo que imaginamos de aquí en adelante -y quién sabe hasta cuándo? ¿No deberíamos estar imaginando algunos formatos más o menos comunes y posibles entendiendo que hay situaciones diversas y, sobre todo desiguales, pero que el derecho a la educación debe ser garantizado para nuestres jóvenes?

El Consejo creado por el MInisterio de Educación para delinear un protocolo de vuelta a clases, señaló una serie de normativas, sobre todo relacionadas con las cuestiones de cuidado sanitario y protocolos de cuidado, que requieren de muchas precisiones pedagógicas que aún no están para nada resueltas. 

Se ha señalado por diversas vías la lógica preocupación por les estudiantes que están empezando o finalizando un nivel educativo. Es una cuestión central porque, además, impactará -y mucho- en la manera como comenzará el año lectivo próximo ya que posibilitará o impedirá la constitución de los primeros años de cada uno de los niveles educativos…   Pero este asunto no puede hacernos desconocer la situación del resto de les estudiantes que están en otros años del propio nivel o que lo han abandonado, y que son una  mayoría determinante. 

Es urgente pensar y diseñar un modelo de escuela -o varios- con los que se pueda responder a todos estos desafíos que tenemos, no en el futuro sino ahora. 

Ya no podemos entender lo que nos sucede como si fuera una “excepcionalidad”. Tenemos que arriesgar respuestas urgentes y eficaces.

La cuestión de la conectividad

 

Un asunto crucial es el que tiene que ver con la cuestión de la conectividad y de los dispositivos con que cuentan nuestres estudiantes y docentes para hacer frente a esta situación.

Sin duda estamos ante una situación compleja y de gravedad. Podríamos abundar en datos y estadísticas, que se han producido en estos dos últimos meses y particularmente nos hemos detenido a leer con suma atención. 

Solo haremos referencia a un dato muy concreto: en nuestro país hay unos 7.000.000 de hogares en donde al menos un miembro está cursando algún año de la educación obligatoria. La mitad de esos hogares NO TIENE una computadora para uso educativo. 

Por supuesto que esta es otra manera de reconocer la profunda desigualdad que podemos encontrar en nuestra sociedad. Es sumamente urgente preguntarnos cómo podemos encarar una nueva escuela como la que se requiere con estos pisos de desigualdad tan profundos.  Si la nueva escuela que imaginamos requiere necesariamente que les estudiantes tengan equipamientos y conectividad para poder aprender, esto requiere urgente resolución de manera indiscutible. Poco a poco, esta mirada está llevando a la sociedad a reconocer a la conectividad como uno de los derechos a los que todes debemos tener acceso y el Estado la responsabilidad de garantizarlo.

Sin embargo hay otras cuestiones que también tenemos que pensar, porque las posibilidades de conectividad no son más que un soporte de posibles soluciones, pero no garantizan en absoluto los logros que el sistema educativo se propone alcanzar. 

Queremos reflexionar sobre algunas otras dimensiones que se requieren identificar y atender, para lograr avanzar de manera concreta en esta nueva escuela de la que se habla ya en muchos espacios pero en forma muy dispersa y poco consistente.

 

Las nuevas regularidades

Hace muchos años, que en el Sistema Educativo venimos hablando de Trayectorias Educativas de les estudiantes. Esta perspectiva lleva a considerar a cada une de elles como alguien especial, único y depositario del derecho a aprender. Esta consideración “individual” no busca fortalecer ni el individualismo ni la meritocracia. Lo que se propone es reconocer a la persona en su dimensión histórica, territorial y sociocultural que le confiere características propias. 

En la escuela, tal como la conocíamos, hablábamos de un “alumno regular” para referirnos al que podía ser considerado parte de una institución educativa.

Ese “alumno regular” cubría ciertas condiciones y debía cumplir con determinadas exigencias. La regularidad, se podía perder por diversos motivos. Uno de ellos es el de las inasistencias reiteradas y numerosas. Otro, el de la no promoción de una cantidad de asignaturas obligatorias. A esto se le podían sumar cuestiones disciplinarias cuyas sanciones derivaran en suspensiones y, hasta, en la expulsión. 

En este tiempo excepcional, todo debió ser revisado. Hasta tal punto que les estudiantes no tuvieron más registros de asistencia, de puntualidad de ingreso, de permisos para “salir” del establecimiento educativo… ni tampoco aprobación de asignaturas o promoción de las mismas.  Sin embargo, las escuelas no dejaron de considerarlos como estudiantes de su institución. Algo muy profundo sucedió, aún sin toda la conciencia de lo que estaba ocurriendo.

La nueva escuela que debe crearse, requiere encontrar “nuevas regularidades”. Esto no está definido ni es sentido común en todo el funcionamiento actual del sistema educativo. 

Es necesario para esto mirar con mucha atención lo que ha venido ocurriendo. En escuelas con muy buena conectividad y equipamiento, de docentes y estudiantes, y en otras con estas condiciones muy debilitadas y hasta inexistentes. 

Se han hecho distinto tipo de experiencias con plataformas como classroom, ednovo, y otras generadas por las mismas escuelas. Se trabajó con grupos de whatsapp, espacios virtuales como zoom, meet… , se utilizó el teléfono, cuadernillos provinciales o nacionales, producción audiovisual en la televisión o la radio, guías elaboradas por les mismes docentes… Hay mucha descripción y poca evaluación de cómo ha funcionado todo este conjunto de recursos, respecto a los logros efectivos en la experiencia pedagógica.

Urge comenzar a pensar muy seriamente en la escuela de la que deben participar nuestres jóvenes y niñes. El primer paso, muy necesario a nuestro entender, es compartir más ampliamente qué se está haciendo y qué está dando resultados efectivos, considerando las profundas desigualdades existentes en nuestro sistema educativo.

 

¿Es posible pensar en la construcción de estos nuevos modelos? 

Mientras algunes especialistas consideran sumamente complejo avanzar en este sentido, les docentes que están en las escuelas, junto con sus equipos directivos, necesitan pensarlo e implementarlo. Porque no se puede transformar la escuela en un conjunto de guías de temas curriculares diversos y desconectados entre sí, que les estudiantes reciben cuándo pueden y contestan cuando quieren, si es que tienen medios de conectividad apropiados. 

La escuela “dual”, de la que algunos hablan, no puede transformarse en una maquinaria de transmisión de contenidos virtualmente recibidos. 

Eso no es la escuela y ni les estudiantes ni les docentes soportan -ni soportarán mucho tiempo más- un formato semejante. 

Estamos encontrándonos con muches estudiantes y  docentes muy angustiados y frustrados, que están abandonando sus responsabilidades, hablan del “año perdido” y suponen que podrán recomenzar el próximo ciclo de otra manera. ¿Pero esto será posible? ¿No podríamos estar ante daños muy difíciles de reparar si claudicamos de esa manera?

Tantos pedagogos y educadores habríamos fracasado rotundamente si no podemos darle la vuelta a la cuestión y crear y recrear una escuela en donde la presencialidad de les docentes se combine mejor con espacios de educación en otros ámbitos (además de los hogares), producción colectiva, investigación, encuentros personales (presenciales y virtuales), formación en valores ciudadanos y participación en la vida de la propia comunidad, se puedan volver reunir en una experiencia pedagógica que conforme nuevos trayectos educativos. 

Pero tenemos que animarnos a pensarla – con y sin toda la conectividad que quisiéramos y por la que seguiremos exigiendo.

Nos resulta tan curioso como maravilloso que del corazón de América Latina, debamos ir nuevamente a encontrarnos con el gran Simón Rodríguez, maestro del libertador Bolívar, que afirmaba hace ya más de 150 años 

“¿Dónde iremos a buscar modelos? La América es original. Original han de ser sus Instituciones y su Gobierno. Y originales los medios de fundar unas y otro. O inventamos o erramos.”

Inventamos o erramos. Esa es la disyuntiva. Tenemos que animarnos a inventar. Pero no de la nada. Tenemos que conocer qué están haciendo nuestras escuelas y cómo hay que resolver el desafío.

 

Una hoja de ruta para mirar

 Para acercarnos a mirar lo que se está haciendo en los territorios es muy aconsejable hacerlo con alguna “hoja de ruta” que nos permita enfocar bien la mirada.

La escuela, como un todo muy activo e intenso, no se puede entender sin comprender la complejidad que le otorgan, tanto les estudiantes, como sus docentes. 

Resultan demagógicos los discursos que pretenden centrarse solamente en les estudiantes, dejando a docentes de lado. Esos discursos desconocen la realidad escolar y no aportan prácticamente nada interesante a la cuestión que nos tiene ocupados.

Sin embargo, solo con un fin “ordenador” propongo que pensemos por un momento la escuela posible, a partir de hacernos algunas preguntas respecto de les estudiantes.

¿En la escuela que inventemos, será necesario que les estudiantes tengan “horarios”? ¿Entendemos que puede ser conveniente para ellos ocuparse escolarmente en horarios específicos? ¿Las escuelas duales deberían funcionar en dos turnos? ¿O solo en uno? 

¿Les estudiantes, respecto de las asignaturas que cursarán, deberán formar parte de un “grupo clase” que cursa en simultáneo las mismas asignaturas? ¿Estos formatos deberán ser iguales para la educación inicial, la primaria, la secundaria? 

¿Trabajaremos por asignaturas o de manera interdisciplinaria mirando problemas, desarrollando proyectos? ¿Tendremos que revisar aún más profundamente y de fondo las cuestiones curriculares? ¿Desarrollaremos aún más que hasta ahora las capacidades para aprender, el pensamiento crítico, las habilidades para trabajar en equipo? ¿Les docentes podrán juntarse en equipo para acompañar a sus estudiantes que no estarán pasivamente todo el tiempo en las aulas para escucharles? ¿Lograremos finalmente que la evaluación no funcione como un recurso extorsivo sino como una motivación a continuar aprendiendo? ¿Seremos capaces de integrar todas las capacidades de nuestres estudiantes para generar trayectorias diferentes según estas teniendo en cuenta que hay distintas maneras de aprender?

¿Cómo han organizado estas cuestiones las escuelas en este tiempo de ASPO? ¿Cómo las están pensando para esta segunda parte del año?

Por lo que hemos podido conversar con muches directives en este tiempo, han habido experiencias muy diferentes. En algunos casos, sobre todo en el sector de escuelas de gestión privada pero no solamente, se buscó sostener los horarios de les estudiantes y “ocupar” con actividades educativas el tiempo en el que hubieran estado presencialmente en la escuela. Para esto se encontraron nuevas maneras de comunicarse y trabajar. Consultados estudiantes respecto de esta cuestión, muchos se sintieron muy exigidos y cansados.  Sin embargo, valoraban este recurso ordenador en un tiempo difícil como lo era el del ASPO más estricto. 

Esta manera de resolver el problema, si bien no fue aislada, tampoco fue mayoritaria.

La mayoría de les estudiantes, en cambio, debió adaptarse -cuando pudo ser posible- a los horarios de trabajo que les proponían sus docentes. Y luego, en tiempos que cada uno decidía, realizaba las tareas o investigaciones que les eran asignadas. Les docentes, por otra parte, tuvieron que cubrir las necesidades del propio hogar junto con las que provenían de su tarea profesional y sintieron una sobrecarga que no siempre pudieron resolver favorablemente, ya que no estaban dadas las condiciones mínimas para ello.  

Las experiencias llevadas adelante en estos meses fueron diferentes tanto desde sus formatos como desde su consistencia pedagógica. Todo es comprensible. Pero nosotros pensamos que estamos entrando en una etapa en donde deberemos pensar en propuestas más concretas y pedagógicamente también más sólidas, pensando en les estudiantes que han podido mantener el vínculo educativo con las escuelas, en les que apenas han sostenido algún vínculo e incluso, les que lo han perdido. Y también en les docentes con la multitud de situaciones a las que se deben atender con mucho cuidado, respeto pero también ingenio.

La discusión sobre si las escuelas deben o no abrirse pronto, total o parcialmente, es importante. Pero ese debate no puede anular la búsqueda de nuevas alternativas que respondan a la realidad a la que el sistema educativo necesariamente debe enfrentar pensando en la gran mayoría de sus estudiantes que, de ninguna manera, podrá retornar a la anterior normalidad… 

Hay muchas cuestiones que debemos animarnos a pensar, a revisar, a proponer. 

Es valiosa la diversidad de propuestas, pero no todas tienen el mismo valor pedagógico. 

La justicia educativa nos exige ofrecer a nuestres niñes que están en situación de desventaja, las mejores propuestas educativas para que la desigualdad no se continúe profundizando con tanta crueldad. El Sistema Educativo siempre se preció de ser una oportunidad para la igualdad y hoy está sucumbiendo a perder este valor que históricamente le reconocimos.

 

¿Con qué contamos para este desafío?

Por una parte, con aproximadamente 11.000.000 de estudiantes en todo el país. 

50.000 unidades educativas y 790.000 cargos docentes.

El 50% de estes estudiantes tiene condiciones aceptables de conectividad.

El 70% de les docentes también. 

Contamos con un Sistema Educativo organizado jurisdiccionalmente con equipos técnicos profesionales en las diferentes provincias, formados y capacitados en las diferentes universidades nacionales e institutos de formación docente diseminados por todo el país.

Contamos con un numeroso cuerpo de supervisores e inspectores que conocen las escuelas que tienen a cargo.

Contamos con la experiencia de equipos directivos, equipos de orientación, asesores pedagógicos, bibliotecarios… que conocen su realidad territorial y sus comunidades.

Con una ley de financiamiento educativo que exige que se invierta al menos el 6% del PBI en la educación y con un “esfuerzo educativo provincial” que lleva a que la inversión educativa que realizan las jurisdicciones destine del 17% al 38% de sus presupuestos a este fin.

Con todo esto, no podemos ni debemos aceptar una respuesta tibia ni mediocre. Cada une de los que tenemos responsabilidades o compromisos con la educación de nuestro país, debemos responder desde nuestras propias responsabilidades. Sin mirar para otro lado. 

Es cierto que hoy no podemos ir y habitar los edificios escolares. Y casi seguramente no lo podremos hacer por muchos meses por delante. Pero hemos aprendido que la escuela no son las paredes y los muebles. Son sobre todo las personas que se encuentran y crean el “acto educativo”, semilla básica de toda la educación. 

Por ello, tenemos que recrear el “encuentro” y reinventarlo para estos tiempos en los que tenemos que estar distanciados. Paradoja que nos exige el máximo de nuestra capacidad de imaginación pedagógica.  

No creemos que, aunque hayamos hecho mucho en todos estos meses, estemos haciendo lo mejor que podríamos hacer todes juntes para dar una mejor respuesta educativa para el tiempo que tenemos por delante. 

Debemos animarnos a “inventar” una escuela para estos tiempos. Y especialmente, una escuela que valga la pena, también para todes nuestres estudiantes que no cuentan con toda la tecnología que quisiéramos que tuvieran y que se les negó cuando se discontinuó el Plan “Conectar Igualdad”, que hoy hubiera sido fundamental para enfrentar mejor este momento.

Cada quien puede hacer algo en esta dirección.

Les docentes, pensar con sus compañeres cómo trabajar pedagógicamente en la generación de estas nuevas propuestas pedagógicas.

Les directives de las escuelas, coordinar estos trabajos, sistematizarlos, compartirlos con otras escuelas de sus distritos. 

Les inspectores, reunir a les directives para encontrar los nuevos formatos posibles y compartirlos con las escuelas y con las autoridades de las jurisdicciones.

Los funcionarios, estar atentos a lo que está sucediendo, animar y habilitar las innovaciones, ayudando en su valoración y aprendiendo de lo mejor que va aconteciendo.

Es realmente tarea de todes. 

Un desafío inmenso. Gigantesco. Imprescindible. 

 


Les escribo estas líneas desde la soledad de mi aislamiento personal, pero también desde la escucha atenta y dedicada a cientos de docentes y directivxs de muchas localidades de Argentina, desde Tierra del Fuego a Jujuy y desde Mendoza o Neuquén a lo profundo del AMBA.

Quisiera estar tan cerca de cada une de ustedes para dar esta lucha codo a codo y que no perdiéramos a ningún estudiante en el camino. 
¿Cómo animarlos a re-enamorarse por la escuela y compartirles lo que valoro su compromiso diario por llegar a los que es más difícil de llegar? ¿Cómo pedirles que no bajen los brazos cuando parece que lo que se hace es tan poco valorado?
Les pido que si, al leer estas líneas, encuentran que cosas de las que están haciendo pueden servir para pensar en lo que todes tenemos que hacer en las escuelas, me escriban y me las compartan. Quizás desde esta oficina sencilla e improvisada, pueda ayudar en algo a que aquello que todes juntes estamos haciendo por la educación de nuestra patria tenga más sentido y llegue más lejos. 

Les abrazo en el corazón.

 

Alberto Croce
Fundación VOZ
agosto de 2020

acroce.tls@gmail.com 

 

2 comentarios en “La “nueva escuela” en la pandemia

  1. La realidad en América Latina es muy parecida, maestres utilizando todas sus capacidades para reinventar una forma de enseñar como también las injusticias y sobre todo el pobre sin opciones…
    Me encantó tu artículo y estoy de acuerdo con esto: “Pero hemos aprendido que la escuela no son las paredes y los muebles. Son sobre todo las personas que se encuentran y crean el “acto educativo”, semilla básica de toda la educación” Es cierto con referencia a la escuela; somos las personas que la formamos, ahí viene la parte afectiva; tu sabes que lo que transforma a nuestres alumnes es la presencia significativa del maestre, en esta nueva modalidad, a través de una pantalla fría, ¿Cómo es la nueva forma significativa de esa presencia? Saludos desde Perú, de alguien que desde hace muchos años admira.

  2. Pingback: La “nueva escuela” en la pandemia | Almanaque FME

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